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En el ultimo taller de Asturadop abordamos un tema delicado: cómo hablar con los peques de su historia personal previa a nosotros para estimular su resilencia, la capacidad de resistir las magulladuras de la herida psicológica de su pasado y el impulso de reparación psíquica que nace de esa resistencia. Surgieron varias ideas:

  • tratar el tema con respeto y naturalidad, en un ambiente de seguridad y confianza que permita la libre expresión del menor, e incluso su fantasía, para que verbalice vivencias y emociones.
  • demostrar una disposición personal para hablar y compartir sin prejuicios.
  • aprovechar situaciones de la vida cotidiana (haciendo comentarios puntuales) o provocarlas (por ejemplo a través de cuentos infantiles.

A veces oímos que a una edad tan temprana seguro que no se acuerdan de nada y que, en todo caso, con el tiempo lo olvidarán todo. Nuestra experiencia dice que no es así; de hecho, revisando fotos los peques reaccionan de formas muy expresivas.

Esta imagen es de nuestro primer viaje; la tomamos el segundo día de nuestro encuentro. Losha reconoció el lugar como “casa” y la besó.

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Esta otra fue del tercer viaje, el día que los cuatro abandonamos El Bosque Rojo. Ya os comentamos en nuestro diario su reacción (en especial la de Cola). Cuando la volvieron a ver, en casa se hizo un silencio absoluto.

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Nuestro amigo Ramón nos habló de Los patitos feos cuyo autorBoris Cyrulnik, es un gran desarrollador y divulgador del concepto “resilente” ( entrevista en VIMEO).

Encontrar una familia de acogida cuando se ha perdido la propia no es más que el comienzo del asunto: «Y ahora, ¿qué voy a hacer con esto?». El hecho de que el patito feo encuentre a una familia de cisnes no lo soluciona todo. La herida ha quedado escrita en su historia personal, grabada en su memoria, como si el patito feo pensase: «Hay que golpear dos veces para conseguir un trauma». El primer golpe, el primero que se encaja en la vida real, provoca el dolor de la herida o el desgarro de la carencia. Y el segundo, sufrido esta vez en la representación de lo real, da paso al sufrimiento de haberse visto humillado, abandonado. «Y ahora, ¿qué voy a hacer con esto? ¿Lamentarme cada día, tratar de vengarme o aprender a vivir otra vida, la vida de los cisnes?»

Para curar el primer golpe, es preciso que mi cuerpo y mi memoria consigan realizar un lento trabajo de cicatrización. Y para atenuar el sufrimiento que produce el segundo golpe, hay que cambiar la idea que uno se hace de lo que le ha ocurrido, es necesario que logre reformar la representación de mi desgracia y su puesta en escena ante los ojos de los demás. El relato de mi angustia llegará al corazón de los demás, el retablo que refleja mi tempestad les herirá, y la fiebre de mi compromiso social les obligará a descubrir otro modo de ser humano. A la cicatrización de la herida real se añadirá la metamorfosis de la representación de la herida. Pero lo que va a costarle mucho tiempo comprender al patito feo es el hecho de que la cicatriz nunca sea segura. Es una brecha en el desarrollo de su personalidad, un punto débil que siempre puede reabrirse con los golpes que la fortuna decida propinar. Esta grieta obliga al patito feo a trabajar incesantemente en su interminable metamorfosis. Sólo entonces podrá llevar una existencia de cisne, bella y sin embargo frágil, pues jamás podrá olvidar su pasado de patito feo. No obstante, una vez convertido en cisne, podrá pensar en ese pasado de un modo que le resulte soportable.

(…)

Todo estudio de la resiliencia debería trabajar tres planos principales:

1. La adquisición de recursos internos que se impregnan en el temperamento, desde los primeros años, en el transcurso de las interacciones precoces preverbales, explicará la forma de reaccionar ante las agresiones de la existencia, ya que pone en marcha una serie de guías de desarrollo más o menos sólidas.

2. La estructura de la agresión explica los daños provocados por el pri-mer golpe, la herida o la carencia. Sin embargo, será la significación que ese golpe haya de adquirir más tarde en la historia personal del magullado y en su contexto familiar y social lo que explique los devastadores efectos del segundo golpe, el que provoca el trauma.

3. Por último, la posibilidad de regresar a los lugares donde se hallan los afectos, las actividades y las palabras que la sociedad dispone en ocasiones alrededor del herido, ofrece las guías de resiliencia que habrán de permitirle proseguir un desarrollo alterado por la herida

Su idea clave es que una infancia traumática no determina el futuro. Para que esto ocurra se necesita, entre otras cosas, unos padres y unas madres terapéuticos capaces de fomentar la resiliencia en sus hijos. Algunos autores dan pautas para elloTrasteando por la red hemos encontrado el blog Buenos tratos que trata éste y otros temas.

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