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Una alteración metabólica es con frecuencia
más fácil de corregir que un prejuicio

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Terminamos de leer un título referente para comprender el concepto de resilencia, la capacidad que tiene una persona de hacer frente a terribles problemas individuales o sociales y salir airoso (ya hablamos sobre ello en una entrada anterior) El texto está orientado a aquell@s niñ@s que, por diferentes razones, tuvieron una infancia traumática y han podido superarlo. Además de la introducción, el texto se divide en dos grandes apartados: La oruga (centrada en la gestación, nacimiento y primeros años de vida del niño) y La mariposa (dedicada a edades más adultas) De la primera parte seleccionamos algunos párrafos.

El temperamento de un niño de entre 12 y 18 meses de edad, su estilo de comportamiento, su modo de establecer el vínculo afectivo, todo ello constituye un excelente testimonio de los primeros pespuntes de su lazo. Esta base, bien tejida, podrá resistir mejor en caso de desgarro, pero cuando una ligadura falla a causa de algún accidente de la vida, existen numerosas posibilidades de poder volver a dar la puntada.

“La biología genética, molecular y del comportamiento viene forjada por las presiones del medio, que son otra forma de biología. Sin embargo, esta biología viene de los otros humanos, de las personas que nos rodean. Y los comportamientos que adoptan respecto del niño constituyen una especie de biología periférica, un elemento sensorial material que dispone en torno del niño un cierto número de guías, guías a lo largo de las cuales deberá desarrollarse. Lo más sorprendente es que estos circuitos sensoriales, que estructuran el entorno del niño y guían su desarrollo, resulten materialmente construidos por la expresión de comportamiento de las representaciones de los padres. (…) la identidad narrativa de los padres provoca un sentimiento cuya emoción se expresa por medio de los comportamientos que se dirigen al niño. Estos comportamientos, provistos de sentido por efecto de la historia de los padres, constituyen el entorno sensorial que guía los desarrollos del niño”

“(…) hacer que nazca un niño no basta, también hay que traerlo al mundo. La expresión «hacer que nazca» describe los procesos biológicos de la sexualidad, del embarazo y del alumbramiento. «Traerlo al mundo» implica que los adultos disponen alrededor del niño los circuitos sensoriales y de sentido que le servirán como guías de desarrollo y le permitirán tejer su resiliencia”

“Cuando un bebé viene al mundo, lo que ese bebé es en ese momento provoca un sentimiento en el mundo con historia de la madre (…) Cada hogar pone en escena su propio decorado y en él, como en el teatro, se asocian e interactúan las representaciones de cada uno de los miembros de la familia, dando como resultado un determinado estilo familiar (…..) se asocian e interactúan las representaciones de cada uno de los miembros de la familia, dando como resultado un determinado estilo familiar (…) Un rasgo de temperamento impregnado en el bebé antes y después de su nacimiento debe encontrar una base de seguridad en los padres (…) todo recién nacido recibe las primeras impresiones de su medio y descubre quién es gracias a los primeros actos que efectúa en él. Este bebé sometido a la influencia de sus cuidadores habita los sueños y las pesadillas de sus padres. Será la asociación de sus mundos íntimos la que disponga en torno del niño el mundo sensorial de sus guías de desarrollo (…) Los escenarios son infinitos. La escena del teatro familiar está compuesta por los relatos de cada uno, por las historias que precedieron al encuentro, y, más tarde, por el contrato inconsciente de la pareja y las modificaciones que se introducen en él con la llegada del bebé”

“Lo que se impregna en el niño es la pareja que forman los padres, el modo en que los dos se asocian, la reunión de sus mundos psíquicos y no una serie de causalidades lineales (…) Así es como opera el triángulo, organizando entornos sensoriales y acciones de tipo cooperador, estresado, abusivo o desorganizado. Entre 12 y 18 meses más tarde, estas parejas de padres con estilos diferentes habrán impregnado en el niño unos estilos de relación más o menos resilientes (…) La última corrección importante que es preciso introducir en esta noción de impregnación de los temperamentos, consiste en recordar que, por el simple hecho del empuje vital, los niños no pueden no cambiar. En cada etapa de su desarrollo, se vuelven sensibles a. nuevas informaciones. Por consiguiente, las guías de resiliencia, cambian de naturaleza: tras haber sido de carácter sensorial en el bebé, se convierten en guías de tipo ritual en la edad de la guardería, y se transforman por completo con la aparición de la palabra (…) los niños que han establecido con facilidad un vínculo afectivo no tendrán ninguna dificultad en pasar a la siguiente fase de su andamiaje psíquico, debido a que es agradable quererlos y a que se han convertido ya en autores de su vínculo. Este estilo temperamental es una forma de amar que facilita el tejido de ulteriores vínculos afectivos (…) Un entorno constituido por varios vínculos afectivos aumenta los factores de resiliencia del chiquillo ”

“( …) una pulsión que en principio es únicamente biológica ha de recibir, tan pronto se manifiesta, su correspondiente contenido histórico. La situación de los gemelos va a permitirnos trabajar esta idea (…) la génesis de entornos diferentes (…) el simple comportamiento de un lactante conmueve a la madre porque evoca un punto sensible de su propia biografía (…) en una cultura donde la persona es un valor, el nombre que se da a un niño revela el sentimiento que provoca en el mundo íntimo de sus padres. En este sentido, la similitud morfológica de los gemelos explica la frecuencia con la que estos niños reciben nombres de fonética similar (…) este modelado de la biología por efecto las presiones del entorno, explica por qué el 80% de las parejas de gemelos diagóticos y el 75% de las de monocigóticos suscitan la aparición de un gemelo dominante. El efecto diferenciador ya no proviene de la genética sino que emana del carácter sensorial al que dotan de sentido las representaciones de los padres y las respuestas temperamentales del niño”

“La burbuja sensorial formada por los comportamientos dirigidos al niño emigra desde el mundo íntimo del adulto y termina guiando la evolución del niño. Esta herencia subjetiva, pese a ser necesaria, no siempre se transmite con facilidad, porque el niño deberá desarrollarse en la atmósfera generada por la conjunción de los problemas que le plantean sus dos padres (…) un niño no puede adquirir la resiliencia por sí solo. Para convertirse en una persona resistente al sufrimiento ha de encontrar un objeto que se adecué a su temperamento. Por lo tanto, es posible ser resiliente con una persona y no serlo con otra, reanudar el propio desarrollo en un medio y derrumbarse en otro. La resiliencia es un proceso que puede producirse de modo permanente, con la condición de que la persona que se está desarrollando encuentre un objeto que le resulte significativo (…) lo que confiere a un objeto su efecto resiliente es la existencia de un triángulo (…) el bebé que designa una cosa la transforma en un objeto que le permita influir en el mundo mental de su figura de vínculo. A partir de ese instante, el niño mediatizará su relación con la persona que le proporciona afecto a través del objeto, pero ese objeto no habrá sido escogido al azar (…) La cosa, ese trozo de materia determinada, queda cargada con una emoción que surge ante la mirada de otra persona (…) la cosa se ha transformado en objeto (…) un indicio morfológico, un gesto cotidiano, un argumento de comportamiento e incluso un desarrollo sano provocan inevitablemente la puesta en marcha de las interpretaciones provistas de historia que existen en el entorno adulto”

“La metáfora del tejido de la resiliencia permite dar una imagen del proceso de la reconstrucción de uno mismo. Pero hay que ser claro: no existe reversibilidad posible después de un trauma, lo que hay es una perentoria obligación de metamorfosis. Una herida precoz o una grave conmoción emocional dejan una huella cerebral y afectiva que permanece oculta tras la reanudación del desarrollo. El jersey así tejido adolecerá de la falta de un pespunte o presentará una urdimbre particular que desviará la continuación del tejido. Puede volver a ser hermoso y cálido, pero será diferente. El trastorno puede repararse, a veces incluso de forma ventajosa, pero no es reversible”

“(…) la idea de «metamorfosis» es indispensable para toda teoría del trauma. A partir del momento en que un niño habla, su mundo se metamorfosea. A partir de ese instante, la emoción se alimenta de dos fuentes: en primer lugar, la sensación que desencadena el golpe que ha recibido, y, en segundo lugar, de lo que se añade a esa sensación, es decir, del sentimiento provocado por la representación del golpe. Y esto equivale a decir que el mundo cambia a partir del instante en que se habla, y que es posible cambiar el mundo hablando

 Podéis acceder al texto completo y también a una entrevista con el autor.

Sobre el tema de la parentalidad resilente y, de manera más amplia, los tutores resilentes hemos encontrado este artículo del blog Resilencia infantil a través del cual se accede al programa Buenos Tratos, una iniciativa del Gobierno de La Rioja destinada a padres y profesores para trabajar con niños de Educación Infantil y Primaria.

Familia y escuela: la magia del buen trato

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